Lo sucedido en Oslo, una vez que han pasado los momentos de condenar el salvaje atentado y la matanza indiscriminada de gente, no puede ocultar una realidad. Lo ocurrido no puede ser considerado como la obra de un loco o desequilibrado. Tampoco creo que pueda ser asimilada a un acto de violencia política y mantiene sus diferencias con los ataques terroristas. Mucho menos, como he leído y oído, puede achacarse a “un antisistema”.

Estamos ante la obra salvaje de un asesino que, con premeditación y una estrategia fríamente calculada, descarga su odio hacia quienes considera responsables de la invasión que sufrimos de personas diferentes.

Quien ejecuta la salvaje cacería es un fanático, un ultranacionalista, un islamófobo que suelta su ira contra los y las jóvenes de un partido al que considera responsable del “mestizaje” cultural que se da en Europa.

¿Cómo puede ser que quien publica claramente proclamas y mensajes racistas y xenófobos pueda aparecer como un Rambo salvaje en una isla, con armas, con munición prohibida?.

El manifiesto publicado por el asesino titulado “Una declaración europea de independencia”, anticipaba la posibilidad de cometer asesinatos como los que acabó cometiendo. Ese manifiesto en el que también acusa a la sociedad española de ser tolerante con la inmigración, como otros muchos, le llegó a miles de personas, se colgó en Internet y no provocó ningún tipo de alarma o cautela en las fuerzas y cuerpos de seguridad noruegos ni internacionales.

Lo cierto es que el fascismo vive. Ciertamente perdió la guerra pero sus ideas siguen y lo más triste y preocupante es que avanzan en Europa y en nuestro país. Esas ideas producen “salvadores” que, a sangre y fuego, quieren acabar con una sociedad que quiere ser plural, que quiere acoger  a los y las inmigrantes, que invita a participar democráticamente a la población.

Solidaridad con el pueblo noruego pero sin olvidar que el racismo, la xenofobia y el odio al diferente, se acentúa.

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