Rosas rojas, claveles rojos. Mujeres y hombres, jóvenes, asesinados. Su sangre roja empapa la tierra. Su sangre roja grita, como siempre, por la libertad, por la igualdad, por los derechos de la clase trabajadora, por la revolución frente a la burguesía y los/as caciques.
Por eso les asesinaron.
Un 4 de agosto, hace ya 87 años, 13 jóvenes, trece mujeres, trece resistentes al franquismo, vivían sus últimas horas.
Sabían que iban a ser asesinadas en la madrugada siguiente.
Lo sabían igual que los 43 hombres que, como ellas, iban a ser fusilados en las tapias del madrileño cementerio de la Almudena.
El día anterior, 3 de agosto, el Consejo Permanente de Guerra había sentenciado a ellas y ellos a muerte.
En un ejercicio de cinismo inaudito los sublevados acusaron de rebeldes y sediciosos a quienes no mostraban adhesión al nuevo régimen. Así, con total impunidad, con saña, con rabia asesina, aplicaron el delito de rebelión militar a quienes no rendían pleitesía a Franco y su régimen.
El «delito» era penado con la pena de muerte o la cadena perpetua. La posguerra, especialmente en Madrid y las grandes ciudades, fue peor que la propia guerra. Se juntaban el hambre y la miseria con la represión asesina.
El objetivo era claro: atemorizar, llenar las calles de miedo y terror, hacer que todo el mundo bajara la cabeza y dejaran de pensar en ese régimen de libertades que fue la II República.
Así, como a miles de hombres y mujeres, detuvieron, torturaron, juzgaron y asesinaron a Martina, Julia, Virtudes, Dionisia, Carmen, Ana, Blanca, Adelina, Victoria, Elena, Joaquina, Pilar y Luisa, a las 13 Rosas.
En esa orgía represora, como la fue toda la guerra, las mujeres fueron víctimas destacadas. Solo por ser mujeres, por ser madres, hermanas, esposas o novias de republicanos, pero también por haberse casado por lo civil, por divorciarse, por votar, por salir a trabajar fuera de casa, por militar en sindicatos y partidos, por manifestarse, por organizarse, en definitiva, por querer ser mujeres libres e iguales a los hombres.
El terror franquista se ensañó con ellas para que sirvieran de escarmiento a las demás mujeres. Por ello recurrieron a los vergonzantes rapados de cabeza, a las purgas con ricino, a los paseos humillantes, a las violaciones, a las torturas y a las ejecuciones.
Las 13 Rosas, como tantas otras rosas rojas, como tantos otros claveles rojos, fueron fusiladas y ejecutadas, en las tapias del cementerio madrileño de la Almudena un 5 de Agosto.
Una tarde como la de hoy, esas 13 rosas y esos 43 claveles, estaban «en capilla», les permitieron escribir una última carta de despedida.
De todas ellas la más conocida es la que escribió Julia Conesa que la acabó pidiendo que «su nombre no se borrara de la historia».
No se ha borrado, ni se borrará nunca. Ni el de Julia, ni el de sus compañeras. No hemos dejado que sus nombres y los de todas aquellas otras personas que fueron asesinadas por el franquismo se olviden.
Queremos recordar a tantos/as luchadores/as antifascistas cuya memoria quieren ahora borrar la derecha y la extrema derecha.
Hoy, cuando los discursos fascistas y racistas, cuando el odio asesino reaparece, cuando estos mensajes vuelven a ocupar espacio en el debate público, cuando aparecen entre la juventud, cuando se habla de las bondades de las dictaduras, creo más necesaria que nunca la memoria democrática.
Las Trece Rosas y los 43 claveles son un ejemplo para todas las personas que aspiran a una sociedad justa y libre. En la actual coyuntura de auge de la extrema derecha y los discursos fascistas, se hace imprescindible mantener viva su memoria y continuar su lucha.
Hoy seguimos su lucha por la libertad y la democracia.
Hoy, y siempre, seguimos reclamando Memoria, Verdad, Justicia y Reparación
