Damian

 

Ya hacía bueno, el sol calentaba esas calles por las que, salvo los gatos, y él mismo, nadie pasaba.

Damián, jubilado, con muchos años a las espaldas y toda una vida pasada, vivía tranquilo, solo, porque ya hacía un par de años que Juana, su compañera de toda la vida, se había ido una noche de invierno.

Como cada día, al ir a comer, en un gesto rutinario, encendió el televisor. Como cada día la pantalla metió en su casa esas imágenes dramáticas de quienes huyen de la guerra y del hambre y se la juegan intentando cruzar el mar y llegar a Europa.

Vio como, también como cada día, les negaban ayuda, les dejaban en los barcos de las ONGs, les cerraban los puertos. Sabía que Europa se blindaba, que el fascismo y la ultraderecha volvían a sacar a pasear esa serpiente que nunca se durmió. Sabía que aquí, en nuestro país, también ganaba espacio el racismo y la xenofobia, y eran muchas, cada vez más, las voces que negaban el pan y la sal a quienes, en patera, venían a la desesperada.

Damián, no pudo evitarlo, volvió a sus 5 años, sintió, como tantas otras veces, el frío que mordía la cara y las piernas cuando, de la mano de su madre, cruzó el Pirineo. Lo cruzaron entre la nieve, abandonaron su casa, y su pueblo, y todo lo que tenían. Una guerra salvaje que siguió a un golpe de estado fascista le había quitado a su padre, asesinado en un barranco y esa guerra, maldita como todas las guerras, le obligó a marchar.

Junto a su madre, y a tantas otras gentes, huyó en busca de, al menos, una esperanza. Y recordó el campo de refugiados en Francia, y como consiguió cobijo, y como le llevaron a la escuela. Volvió a ver a su madre que un día dejó de luchar y quedó allí para siempre. Luego, con una sonrisa, recordó la fábrica, y los compañeros, y las huelgas, y el primer beso con Juana, y el hijo que seguía en Francia y que venía en vacaciones.

Mientras volvía a pasar las páginas de ese libro que era su vida pensó en ofrecer su casa para que vinieran a ella personas de esas que, como él, lo dejaron todo porque buscaban, al menos, un poco de esperanza.

De pronto sus ojos se llenaron de lágrimas. Sí, tenía una casa que ofrecer, podía compartir su pensión,…. Pero nada más. Su pueblo, donde estaba su casa, no tenía escuela, ni una tienda, ni un bar. El cartero, y el cura, y la guardia civil, solo pasaban de vez en cuando. Y tampoco había posibilidad de un trabajo. Allí, en su pueblo, en su casa, solo podía ofrecer caridad y Damian sabía muy bien que la caridad sirve solamente al que la da, no al que la recibe.

Y Damián salió a la calle, a llorar al sol, a llorar con los gatos.

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