Por mucho que se empeñen algunos y algunas, por mucho que sea una frase acuñada y recurrentemente utilizada, no hay una clase política.

No entraré, aquí y ahora, en la definición de clase que hace Karl Marx. Comparto, como establece el marxismo, que la sociedad está organizada en dos clase antagónicas. La clase burguesa, dueña de los medios de producción y el proletariado que tan solo tiene su fuerza de trabajo. Ese antagonismo se concreta en la lucha de clases que sigue dándose en esta sociedad capitalista.

Voy con ese fenómeno, con ese invento de “Clase Política”. Para que haya una “clase social” se requiere que las personas que la integran tengan unos intereses comunes, o una estrategia común para conseguir sus objetivos.

Es evidente que las personas que hacen política no tienen unos intereses comunes ni tampoco siguen la misma estrategia. No son una clase, no hay, por tanto, una clase política.

Está clara la división, aunque ahora quiera negarse su existencia, entre la derecha y la izquierda y es incuestionable que los intereses que defiende la derecha son diametralmente opuestos a los que defiende la izquierda.

No hay, por consiguiente, una clase política. No es una clase social, ni tan siquiera, como despectivamente se señala, una casta. Las castas son una manera de estratificar la sociedad y lo hacen exclusivamente en función del origen o el nacimiento. Casta era la nobleza medieval, castas son las establecidas en la India y castas han sido, y son, los sistemas de apartheid en los que el color determina a que estrato social perteneces. A poco que pensemos nos daremos cuenta de que tampoco puede aplicarse el concepto de casta a quienes trabajan en política.

Lo que sí que hay son diferentes clases de políticas. No es lo mismo la política de izquierdas que la de derechas.

También, para nuestra desgracia, ocurre que en la política hay gente con muy poca clase, que no está a la altura de sus responsabilidades o que es corrupto/a.

Ciertamente entre los/as políticos/as hay muy mala gente, hay malos/as políticos/as, igual que hay malos/as maestros/as, fontaneros/as, sanitarios/as,….Pero solo se generaliza con los/as primeros/as.

La clase política es un invento de este sistema que, exactamente igual que pretende la uniformidad de pensamiento en la ciudadanía, trata de demostrar que todos/as los/as políticos/as son iguales, que forman la clase política.

Es la manera de cultivar el “todos iguales”, de fomentar el “no participes en política si todos hacen lo mismo”, de llevar a la gente a la abstención “porque como todos son iguales que más da votar que no”. Es la forma de evitar que conozcas los programas y compromisos de cada partido y es, sobre todo, la estrategia de convertir en inevitables decisiones políticas que machacan a la mayoría social. El mensaje es: Da igual quien gobierne, todos hacen lo mismo, todos son la clase política. Ese es el mensaje que mejor le viene al sistema, por eso lo lanza y amplifica.

También es el recurso para envolver la corrupción reiterada y sistematizada en algo que es “innato” a la clase política. Se señala así a todo aquel o aquella que trabaja en la política en vez de decir la corrupción la hace este partido, o la hacen este señor o esta señora.

Finalmente, la invención de la clase política para generalizar la acción política forma parte de la estrategia del sistema, y del régimen, para mantenerse. Ayuda al desprestigio de la acción política y hace ver a la ciudadanía que la clase política es un problema.

Al final lo están consiguiendo. Franco ya lo decía: “Haga como yo y no se meta en política”. Hoy han conseguido que se vea la política como algo malo, algo que provoca aversión y algo que se utiliza, incluso, para zanjar debates importantes. Basta con decir “eso es política” para que se niegue la posibilidad de hablar de impuestos, o de escuela pública, o de la calidad del empleo, o del derecho a la vivienda.

Algo funciona mal en un país cuando la política es echada a la papelera y quienes la practican y ejercen son consideradas personas de muy baja condición ética.

La política es imprescindible en una democracia y si la política se devalúa se pone a la democracia en riesgo de ser una especie en peligro de extinción.

Mientras no se habla de política nos desmontan el poquito estado social que habíamos conseguido, nos llevan a niveles de pobreza inaceptables, rescatan bancos y autopistas, chorizos y corruptos disfrutan en libertad de sus corruptelas mientras titiriteros, sindicalistas, humoristas, … son detenidos y multados.

Al final nos llevan a elegir a la gente que gobierna, no por su programa, sino por las veces que sale en la tele, por la capacidad que tiene en el “y tú más” o por lo más o menos duro/a que es con los/as rebeldes secesionistas. Así que, nada, mientras no se habla de política, mientras denigramos a la clase política, ellos y ellas felices y sonrientes

 

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