Hoy, 18 de Marzo, es el 150 aniversario de aquella vez en la que los parias de la tierra, los trabajadores y trabajadoras, en un proceso revolucionario, tomaron el poder y crearon su propio Gobierno. El Manifiesto que establecía la Comuna decía: “…los proletarios de París han comprendido que es su deber imperioso y su derecho indiscutible hacerse dueños de sus propios destinos, tomando el Poder…”.

Francia y Prusia estaban en guerra, el conflicto eran las fronteras en la zona de Alsacia y Lorena. Napoleón III quiso utilizar la guerra para asentar y reforzar su Gobierno y ganar influencia en las relaciones con los demás estados de Europa. Le salió mal la jugada, perdió la guerra y provocó una grave crisis social en Francia.

Esta crisis, como las guerras, obligan a grandes sacrificios y penalidades que afectan a toda la población. Son más penalizadas las clases populares, quienes menos tienen. Así se aumenta la pobreza, la marginación, el hambre y la exclusión social.

Trabajadores y trabajadoras, de ambos lados de la frontera, rechazaban la guerra y que no quisieron ver  en el otro bando enemigos/as sino compañeros y compañeras de clase. La clase trabajadora de uno y otro lado sabía que el verdadero enemigo era quien les había metido en la guerra.

Aquella crisis salvaje quisieron resolverla los comuneros y comuneras con un proceso revolucionario. Las clases populares francesas sufrían la explotación salvaje, la precariedad laboral, un grave problema de vivienda, la mujer era especialmente oprimida y eran durísimas las condiciones de la vida degradante a la que estaban sometidas.

De esta situación nace La Comuna que tomó el poder. El Gobierno fue un auténtico Gobierno del pueblo que disolvió el ejército regular, separó la iglesia del estado y adoptó medidas para el interés general de la ciudadanía poniendo freno a los privilegios de la burguesía y de las clases altas. Fue un Gobierno integrado por delegados revocables en cualquier momento, que tenían un salario equivalente al promedio de los de los/as trabajadores/as.

La Comuna duró muy poco, un par de meses. No consiguió salir de París, y fue barrida por la contrarevolución burguesa. Más de 30.000 comuneros y comuneras fueron fusilados en una semana.

La Comuna fue aquello que tantas veces hemos cantado con el puño en alto, fueron los parias en pie que buscaban el fin de la opresión. Sabían que la esperanza  no estaba en dioses, ni en reyes, ni tribunos. Comprendieron que tan solo ellos y ellas, con su lucha, con su decisión, podían cambiar las cosas. Lo intentaron, pero no pudieron.

Hoy, siglo XXI, como pasaba en 1871, el liberalismo salvaje hace negocio con la vivienda, con la sanidad, con la educación, con las vacunas. Dividen a la clase trabajadora con la precariedad laboral con la explotación de inmigrantes a quienes pagan menos salario, dejan sin futuro a la juventud y agrandan la desigualdad social y la brecha salarial entre mujeres y hombres. Llevan a  trabajadores y trabajadoras a las guerras imperialistas que organizan para monopolizar recursos naturales y arrojan al mar, o a centros de internamiento, a miles y miles de personas que son, también, las clases populares.

Hoy. Como en 1871, como en los siglos XIX y XX, como siempre, es necesario recuperar el internacionalismo solidario de la clase trabajadora, es bueno mirar hacia atrás y ver, en La Comuna, esa necesaria lucha de clases que no ha terminado.

Interesante ver la película de Peter Watkins s

Ya perdonarán que hable, otra vez, de Madrid, de la situación preelectoral que se vive cuando tenemos una pandemia sin resolver.

No diré la opinión que tengo sobre la decisión de Pablo Iglesias. No me parece que sea importante en estos momentos porque ya está tomada y no creo que necesitemos enzarzarnos en un debate sobre ello. Tiempo tendremos. Ahora me parece más interesante, más necesario, más militante y más urgente recordar que quedan 50 días para votar. Pero que el calendario electoral reduce hasta la mitad los plazos para:

– Registrar Coaliciones (si es que las va a haber)

– Presentar las candidaturas.

Lo establece la Ley Orgánica del Régimen Electoral General (LOREG). Debe ser así para poder cumplir los plazos legales de posibles reclamaciones o subsanaciones y para que estén en tiempo y forma las papeletas de voto para el día de las elecciones. Quiere decir esto que esa necesaria unidad de la izquierda, ese frente común, o frente popular, o como quieran llamarlo debe quedar resuelto en 20 días. Si no, por mucho que nos digan que hay voluntad de entendimiento, no serán creíbles.

Esta vez no puede ser que la izquierda confronte para saber quien es más, para saber quien manda. En eso, a pesar de los desengaños, confiamos quienes queremos ver al fascismo fuera de nuestras instituciones. Ese, a mi juicio, debe ser el debate y lo que ocupe nuestra atención y los esfuerzos.

La experiencia que tengo en estas cosas me dice que es necesaria una fuerte dosis de prudencia, un mucho negociar que, si se quiere que acabe bien, no puede hacerse a través de los medios de comunicación ni de las redes sociales, que se necesita mucho diálogo y, sobre todo, responsabilidad y generosidad.

Estamos ante un momento en el que Madrid va a ser la piedra de fuego para saber si la izquierda es capaz de estar a la altura o, como hemos visto en los últimos años, se deja llevar por los egos y personalismos que, además de fragmentarla, han llevado a la derecha a gobernar. En Madrid y en otros sitios, aunque solo se hable de la capital del reino.

Sería imperdonable no ser capaces de presentar un bloque unitario, al menos dos (PSOE y toda la izquierda del PSOE), que devolviera la ilusión y la esperanza de cerrar el paso a la derecha extrema y a la extrema derecha. Así que, compañeros y compañeras de la izquierda, déjense de florituras, de sobreactuaciones, de declaraciones cruzadas, de mandarse mensajes desde los platós, o desde las redes. Pónganse a trabajar y háganlo con voluntad de acuerdo.

Socialismo o Libertad. Esas son las dos alternativas que da a madrileños y madrileñas ese personaje que gobierna, todavía, en Madrid.

Como madrileño, ya lo saben, bueno para ser exacto vallecano, siento Madrid. Allí nací, me crié, sufrí la escuela nacionalcatólica, viví el primer amor de adolescente, mi primer trabajo, las primeras huelgas y manifestaciones, la resistencia colectiva y organizada contra el franquismo,… allí me hice mayor. Como he vivido la dictadura se muy bien lo que es la libertad. Puede, y perdonen la licencia, que mejor que mucha de la gente que habla de la libertad hoy en día. Desde luego mucho mejor que Dª Isabel.

Me siento madrileño y, por eso, me duele Madrid, me duele ver en manos de quien ha caído. Seguro que, como aquí en la Zaragoza que vivo, la izquierda con sus luchas cainitas, con sus egos y personalismos, ha ayudado algo. Se, también, no voy a fustigarme demasiado, que la lucha de clases, esa que que no ha terminado, nos la va ganando el capitalismo.

Dicho esto me «china» mucho esa frase trumpiana que ha soltado la actual «baranda» madrileña. Dice la buena señora que convoca elecciones para que puedan elegir entre socialismo y libertad. Con esto vuelve a tratar al personal de «fanegas» aunque, lo más probable es que la ínclita no superase la asignatura de Educación para la Ciudadanía y no sepa lo que es el socialismo. Por otra parte, el concepto de libertad que tiene esta gente creo que tiene muy poco que ver con ella. Se es libre cuando tienes, como mínimo, un trabajo digno, un sueldo decente, una vivienda sana y garantizados los servicios públicos básicos de sanidad, educación y dependencia. Pero no van por ahí las políticas del peperío ni de las gentes que lo apoyan. No eres libre si dependes de un empleo que, además de ser precario, está mal pagado. Ni eres libre cuando hace «biruje » y te han cortado la luz. Ni lo eres cuando vas a la «trena» por escribir un tw, cagarte en dios, cantar una canción o decir que los borbones son unos ladrones.

La cosa de la libertad, en esta sociedad machista, todavía es más dura para las mujeres que sufren los asesinatos y las violencias machistas mientras Dª Isabel gobierna «a pachas» con negacionistas de esta salvajada, que sufren la brecha salarial. Aunque no vivo en Madrid se que Dª Isabel, D.José Luis, D.Pablo y demás «barandas» del peperío están en contra del aborto libre y gratuito, de la muerte digna, de derogar la reforma laboral, de acabar con los privilegios de la iglesia, de meter en cintura a los Borbones,…. Se, también, que bloquean renovar el poder judicial porque están «chachi» con el que hay. Vamos, que tengo toda una lista de ejemplos en los que, además de «chinar» la libertad, pisotean los derechos del personal.

Socialismo y Libertad no son dos cuestiones antagónicas. No pueden convertirse en dos opciones. El socialismo nos lleva a la libertad por una simple cuestión. El socialismo, estructuralmente hablando, es más justo que el capitalismo. El capitalismo, como los curas, te dice que eres libre de cumplir sus mandamientos, pero si no los cumples quedarás marginado/a, caerás en el infierno de la pobreza y las pasarás putas para llegar a fin de mes porque el capitalismo da libertad para explotar a la clase trabajadora, para evadir impuestos, para «trincar» mordidas y comisiones, para privatizar la sanidad y la educación, para arrasar bosques y playas, para que la brecha salarial se agudice, para que «pringuen» bien las eléctricas y las empresas del IBEX.

Lo preocupante es que eso que ha dicho Dª Isabel es lo que piensan las derechas, la extrema y la ultra, y es lo que piensa ese poder fáctico que son los mercados y la banca (ya ven la ironía del libre mercado). No, no se engañen, no es entre socialismo o libertad la opción. Lo dejó mucho más claro Rosa Luxemburgo cuando proclamó: Socialismo o Barbarie.

Nota.- Me he permitido incluir (van entrecomilladas) algunas de las palabras propias del argot madrileño, de esa forma de hablar que algunos/as llaman lengua cheli.

Llega la desescalada, volvemos a esa “normalidad” que algunos y algunas llaman “nueva”, como si no fueran contrapuestos esos dos conceptos. Si una cosa es “nueva”, no puede ser “normal”. Lo nuevo es diferente y, por eso, no puede ser normal, porque lo normal sigue una norma, está normalizado. Pero no es de esto de lo que hoy voy a hablar.

“Ya llega la desescalada, ya podemos viajar, ya podemos ir al pueblo”, son algunos de los comentarios más oídos. Hay otros tales como “ya se puede ir a los bares”, “ya vuelve el futbol”, “ya podremos ir a las playas y hoteles”. Cierto. El Gobierno considera controlada la pandemia y decide levantar el estado de confinamiento.

No puedo resistirme a decir que la decisión de restringir el derecho fundamental de la libertad de circulación, junto con el innegable esfuerzo y trabajo del personal sanitario y el de otros y otras trabajadores y trabajadoras que han mantenido las actividades esenciales, ha sido fundamental para evitar el colapso sanitario y decisivo a la hora de reducir las posibilidades de contagio y las consecuencias del COVID 19.

Dicho todo esto, tal y como nos siguen advirtiendo y avisando, el virus no se ha ido, sigue por ahí esperando cualquier oportunidad para atacarnos. Todos los días conocemos nuevos brotes, que se controlan, es verdad, pero que siguen llevando gente a los hospitales y que son la evidencia de que hay que seguir teniendo mucho cuidado.

La desescalada, el recuperar el derecho de movimiento, el derecho a viajar a nuestros pueblos, a nuestras segundas residencias, lleva unas obligaciones que cumplir. Esto es algo que tenemos que tener muy claro porque no es discutible. Las normas y obligaciones que haya en cada momento hay que cumplirlas.

Me dice alguna gente que esas cosas están pensadas para las grandes ciudades, que en “nuestro” pueblo las cosas son diferentes. Puede ser, es lógico pensar que en las grandes ciudades hay que tomar más precauciones, aunque vemos lo que pasa en las terrazas y bares, aunque conocemos botellones y fiestas, aunque vemos manifestaciones que no cumplen esas normas. Lamentablemente vemos que hay gente que no tiene el mínimo nivel de responsabilidad.

Así que puedo compartir eso de que “en el pueblo las cosas son diferentes”, pero lo que no comparto es esa visión particular de algunas gentes que asocian el poder ir al pueblo con “volver a la normalidad”, volver a lo de siempre, y volver al pueblo como siempre hemos ido.

Mal vamos si no entendemos, y asumimos, que no volvemos a la normalidad. Que el maldito bicho, para el que todavía no hay vacuna, ni ha funcionado la esperada “inmunidad de rebaño”, sigue por ahí, que puede acompañarnos a cualquier sitio que vayamos.

Ciertamente, se acaba el estado de alarma, podemos movernos, pero hay unos mínimos que afectan a todo el territorio, que obligan a todos los pueblos por muy pequeños que sean. Son normas de prevención, sanitarias, de limpieza y desinfección y de distancia social de seguridad que hay que cumplir porque, perdón por la insistencia, el coronavirus sigue. Ya saben que, por eso, porque el virus sigue dando vueltas, se han suprimido las fiestas patronales y los eventos que significan aglomeración de personas.

Tengamos en cuenta, al volver a movernos, al volver a nuestros pueblos, que en bares, restaurantes, hoteles, comercios… es el dueño o dueña el/la responsable del cumplimiento de las obligaciones sanitarias y, por ello, responsable de los incumplimientos. En las Iglesias es el cura. En los espacios y equipamientos públicos es el Ayuntamiento.

Aquí, en las responsabilidades de los Ayuntamientos conviene recordar la realidad de nuestro territorio.

El 55 % de quienes residimos en Aragón lo hacemos en las ciudades de Zaragoza y Huesca. Tenemos 731 municipios. El 86 % de ellos no llegan a los 1000 habitantes, de ellos hay 332 que no llegan a los 500 y 85 que están entre los 500 y los 1000.

De esos 332 que no llegan a 500 hay 210 municipios que su censo no llega a las 100 personas, y de estos hay algunos que no llegan los/as 50 vecinos/as.

Eso significa que muchos de esos Ayuntamientos, que tienen la responsabilidad de aplicar las normas higiénicas, sanitarias, de desinfección y de seguridad en sus espacios municipales, deben resolverlo sin personal, sin policía local, sin alguacil, sin cuartel de la guardia civil, sin presupuesto para este gasto sobrevenido. Por eso muchos ayuntamientos, convencidos de su obligación de anteponer la seguridad y la salud a otras consideraciones, han decidido mantener cerradas las instalaciones y no abrir las zonas colectivas porque no pueden cumplir, ni siquiera económicamente, las obligaciones que marcan las autoridades sanitarias.

Es decir, que aunque los Ayuntamientos, y las gentes que viven todo el año en los pueblos a los que ya podemos ir, se alegran del reencuentro lo que esperan es la empatía y solidaridad suficiente como para mantener ese estado de vigilancia permanente ante el virus.

Luego está la responsabilidad colectiva y la individual de cada uno y cada una. Ahí no entro, cada uno y cada una sabrá lo que tiene que hacer.

Así que sí, volvamos al pueblo, vayamos a nuestras segundas residencias, pero hagámoslo siendo conscientes de lo que nos seguimos jugando si nos relajamos del todo. Volveremos a nuestros pueblos y lo llevaremos como mejor podamos. Seguro que seremos capaces de disfrutar de nuestro pueblo, de las buenas gentes que allí nos juntamos y de los/as amigos y amigas que allí tenemos.

via AraInfo / Diario Libre d’Aragón

 

Estamos viendo, cada día más, como ese bloque que son PP y Vox intentan manipular con sus tácticas populistas.
Una persona manipuladora es aquella que, para conseguir sus objetivos, intenta dividir, sólo piensa en su propio interés, no tiene en cuenta el interés general, ni las necesidades de los demás. Quien manipula solo piensa en sí mismo, en sus deseos, en sus intereses, en el poder.
No es nuevo nada de esto. El régimen nazi tuvo en Joseph Goebbels el manipulador por excelencia. Fue el mesías de la propaganda nazi.
Un/a manipulador/a:
Cambia de opinión, y de comportamiento, en función del momento. Ejemplo: Cuando gobierno monto con fondos reservados una «policía patriótica» para fabricar pruebas falsas contra Unidas Podemos y contra el independentismo catalán. Ahora monto la de dios por el cese de un coronel de la Guardia Civil.
Culpabiliza a los/as demás y no asume sus responsabilidades. Ejemplo: La sanidad pública está transferida a las CCAA y ha sido recortada y maltratada por las políticas neoliberales. Ahora digo que la culpa, hasta de los muertos, es del Gobierno que lleva tres mese gobernando y sin presupuestos.
Critica y destruye sin dar una alternativa. Ejemplo. Gobierno en Madrid, mis correligionarios/as gobiernan en EEUU, Brasil…., lugares donde más letal está siendo la pandemia, pero Vdes. no saben «con nuestro Gobierno no habría habido muertes», pero ¿conocen alguna propuesta?.
Divide y miente sin rubor. Ejemplo: Ponen la bandera como frontera, culpabilizan a las medidas sociales de provocar una nueva invasión de inmigrantes y a una movilización, la del 8 M y de paso al movimiento feminista, de la pandemia.
Goebbels decía: «si no puedes negar las noticias, inventa otras que las distraigan». Ejemplo. Se está controlando la pandemia, llevamos dos días en los que ya no hay muertes, se ha mantenido el estado de alarma que ha demostrado su efectividad en el control de la pandemia, se ha aprobado el Ingreso Mínimo Vital, los ERTES han frenado la destrucción de empleo, los/as autónomos/as reciben ayudas… pero consiguen que se hable de mandos de la Guardia Civil.
Goebbels tenía una táctica., la llamaba «principio de la exageración« y consistía en convertir cualquier anécdota en una amenaza grave. Ejemplo. Todos los días oímos que este gobierno socialcomunistabolivariano destruye España y nos convierte en Venezuela. Las facheroladas, con centenares de personas, se han convertido en «grandes y multitudinarias» manifestaciones por los derechos y libertades. Hay un clima de tensión y confrontación que nos divide pero que solo está en el Congreso, en las tertulias, en la prensa y en las redes sociales agitadas por profesionales del bulo y la mentira.
Recuerden, finalmente, que Goebbels fue quien dijo: “Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad”. Ejemplo. Este Gobierno es ilegítimo. Pero este Goibierno surge de unas elecciones y de una mayoría que lo respalda en el Congreso.
Pues nada, recuerden que cuando se actúa y piensa bajo la influencia de otro/a, no somos libres e independientes, somos personas manipuladas. Para tener criterio propio tenemos que tener claro nuestros límites y decidir si queremos, o dejamos, que nos manipulen.

 

Por encima del ruido, de las sobreactuaciones, del morbo mediático y tertuliano, de las sobredimensionadas informaciones de los enfrentamientos que expertos/as en la provocación protagonizan, la vida sigue.
Al margen de ceses de coroneles, dimisiones de generales, encendidas defensas de jefes de la Guardia Civil, la vida sigue.
Por eso, porque la vida sigue, las medidas sociales que va tomando el Gobierno se van aplicando.
Hoy, se aprobará el Ingreso Mínimo Vital, que será un respiro para 800.000 hogares que viven en la pobreza.
Hoy, viernes 29 de Mayo, por primera vez en la historia de una crisis, 1,4 millones de autónomos/as, cobrarán la prestación extraordinaria por la crisis de la Covid-19, que incluye la exoneración de cuotas a la Seguridad Social de forma temporal y una prestación equivalente al 70 % de la base reguladora.
El coste previsto del Ingreso Mínimo Vital, la «paguita» que dicen despectivamente desde la derecha, es de 3.000 millones. El coste las ayudas a autónomos/as es de 2.600 millones. El coste de los ERTES, de momento, está situado en los 6.000 millones de €. El coste de las moratorias fiscales y del aplazamiento de pago de impuestos alcanza los 26.500 millones.
En total, según cálculo del Banco de España, nada sospechoso de ser rojo, el coste del escudo social, es de 134.700 millones de €. Son datos del mes de Abril porque los de Mayo aún no han salido.
A ese escudo social hay que añadir las peticiones de ayuda que hacen todos los sectores productivos (coches, turismo, restaurantes, bares, industria,…. hasta la iglesia pide ayudas) es la factura que habrá que pagar, además de seguir manteniendo la educación, la sanidad, la dependencia, las pensiones, la policía, las carreteras,…. vamos, además de asegurar el funcionamiento de todos los servicios públicos.
Aquí viene lo serio. Desde la izquierda se propone algo que, aunque es constitucional, en este puñetero país no se ha aplicado nunca. Esa cosa se llama fiscalidad justa, progresiva y directa. Traducido al lenguaje llano, que pague más quien más tiene. No puede ser, por ejemplo, que siga siendo más alto el impuesto para las rentas del trabajo que para los beneficios empresariales, por ejemplo. No puede ser, como otro ejemplo, que incrementos de patrimonio por encima de los 400.000 €, no paguen impuestos.
Por eso, la izquierda del Gobierno, propone un impuesto a las grandes fortunas. La parte socialdemócrata del mismo Gobierno habla de reformas fiscales. En cualquier caso, lo evidente, es que habrá modificaciones fiscales al alza para las grandes fortunas de este país. Por eso las facherolas, por eso se pide «libertad» para seguir sin pagar, por eso se acosa al Gobierno, por eso se ataca, sobre todo, a la parte más roja del Gobierno.
Lo curioso, lo indignante, lo populista, lo insolidario, lo indecente, es pretender rebajar o quitar impuestos. Lo tremendamente preocupante es que esta idea, de no pagar impuestos, la defienden gentes que están siendo beneficiarios/as de las medidas sociales, gente que necesita la educación y la sanidad pública, gente que necesita las becas. La vida sigue, por eso el Gobierno rojocomunistabolivariano, pone en marcha estas medidas sociales a pesar del ruido, de la bronca, de los insultos y provocaciones, de la prensa morbosa y amarilla, de la fauna tertuliana y de la mierda y porquería que salpican las redes.
En estos días es muy recurrente hablar del espectáculo que, cada miércoles, se vive en el Congreso de los Diputados y Diputadas. Editoriales, titulares, tertulias, panfletos, las redes sociales,…. todo está lleno de referencias y comentarios al «bochornoso espectáculo que dan los políticos», de ahí se salta al «todos iguales» y de ahí se alimenta una de las bichas que siempre han alimentado los populismos y la extrema derecha. Se trata de desacreditar la política y a quienes trabajan en la política.
Ya lo decía Franco «haga como yo y no se meta en política». Esa frase representaba la «no política» que practicaba el régimen. Así estuvieron 40 años «adoctrinando» a españolitos y españolitas de que no hacía falta la política, que la política solo traía disgustos, como les pasaba a los/as rojos/as, y a quienes protestaban, y a quienes hacían huelgas. No hacia falta la política, decían, porque ya tenemos un Generalísimo, un líder, un padre de la patria, que se preocupa por todo.
Esta «no política» era una táctica goebeliana. El supuesto «apoliticismo» franquista era la forma de hacer la política que al fascismo, y a las clases dirigentes, les interesaba. A base de la «no política» se impuso la política que impedía la participación política, pero al mismo tiempo la ciudadana, en los asuntos públicos. Todo estaba atado y bien atado.
Yo creo que este país todavía arrastra esta consecuencia del franquismo. Todavía es frecuente oir eso de «soy apolítico/a», «no me hables de política» y empieza a instalarse eso de «fuera políticos/as y que vengan burócratas».
Ahora, con ese circo semanal que las derechas (la ultra y la más ultra) montan en el Congreso, repunta el interés por desprestigiar la política y a los/as políticos/as.
Se practica una injusta equidistancia. Se trata a todos/as por igual. No se dice, con nombre y apellidos, quien hace el payaso, quien insulta, quien utiliza su acta para vomitar mentiras, quien alborota y quien denigra la política.
La bronca, el espectáculo bochornoso, lo dan algunos y algunas, a pesar de sus master y de sus títulos nobiliarios.
Cada vez que se generaliza y se habla de la «vergüenza de políticos que tenemos» se le está haciendo un favor a toda esta gentuza que se mueve bien en el barro, que le importa un pimiento la salud pública y el interés general y que busca, ya que no tiene argumentos, conseguir con bronca, repartiendo mierda, bulos y mentiras, lo que no consiguió en las urnas.
No, por mucho que quieran hacernos creer, no es el pacto con Bildu lo que molesta y cabrea al constitucionalismo español, a las gentes de orden y a los poderes económicos.
No es este el motivo de las facheroladas y la exhibición de patriotismo barato. No va de esto la cosa.
Es verdad, no voy a negarlo y así lo he expresado, que este pacto con Bildu es un tremendo error cometido por un Gobierno. Ni siquiera sirve de excusa el estrés y la presión a la que está sometido. Vale, es un error.
Ha dado argumentos y armas para elevar la tensión y ayudar a su propio desgaste. Pero dicho esto no nos perdamos. Hablemos de lo que se está jugando sin que la mayoría del personal se entere. A veces pienso que ni siquiera el Gobierno, centrado y absorbido por la gestión de la pandemia y por el trabajo parlamentario, se entera.
Vamos a hablar claro, la movida, aunque parezca y nos hagan creer otra cosa, no es de los fachas. Las banderas, las cacerolas y los coches son el trampantojo (trampa del ojo) que disfraza la realidad. Lo que hay es una lucha de los poderes y élites económicas; de las cúpulas y organizaciones empresariales; de los fondos buitres; de los botines y florentinos; de las derechas burguesas de siempre que quieren aprovechar la debilidad del Gobierno para recuperar el poder.
Ya ven que empieza la campaña de este Gobierno está roto, este Gobierno no sabe, Gobierno dimisión.
No les interesa la salud de la gente, ni la gestión de la pandemia. Lo que quieren es gobernar y dirigir la reconstrucción, la nueva normalidad. Ese es el problema. No es el pacto con Bildu. Es la derogación de la reforma laboral lo que molesta y preocupa.
Porque lo que nos estamos jugando es decidir como, una vez controlada la pandemia, se pilota lo que sigue. La pelea es quien, y cómo, decide la ruta y marca el camino.
A mi me parece que eso es lo más serio. No se me escapa, y no debería escapársele a nadie, que el dilema a resolver, dicho de manera clara y para que no haya problemas de entendimiento es el siguiente:
a) La reconstrucción se apoya en la precariedad laboral, salarios bajos, política fiscal injusta, derechos sociales precarizados y servicios públicos privatizados.
b) La reconstrucción se apoya en empleo y salarios dignos, política fiscal redistributiva, derechos sociales para todos y todas, servicios y servicios públicos universales
Este es el debate, por eso saltan las alarmas. Este Gobierno, que llaman rojo y comunista, no gusta nada a los poderes económicos, no le gusta a la derecha casposa y ultra, no le gusta a la iglesia, no le gusta a esa gente acostumbrada a mandar y a hacer lo que se le pone en gana. No soportan que esté Unidas Podemos porque están viendo que, con todas las limitaciones, con todas las broncas internas en el Gobierno, están abriendo la puerta a políticas redistributivas, a políticas anticrisis sociales y porque hablan de un modelo productivo que no se base en la pobreza, en la precariedad, en la desigualdad y en la explotación de trabajadores y trabajadoras.
De eso hablamos, aunque se empeñen en que hablemos de banderas y cacerolas. Hablamos, como siempre, de la lucha de clases. Y en esta lucha de clases hay que tener muy claro con quien te posicionas.

 

Un aporte sobre la pretensión del Ayuntamiento de Zaragoza de facilitar la instalación de un hospital privado.

Gracias Arainfo por publicarlo

 

Hospital privado, nuevo pelotazo

Siempre hemos oído esa frase de «que los árboles no te impidan ver el bosque», seguro que muchas veces la hemos utilizado. Se emplea para avisar del error que podemos cometer si nos fijamos en los detalles (los árboles) y no en el conjunto (el bosque).
Pues eso es lo que quieren que hagamos con todo este lío de la derogación de la reforma laboral.
Lo primero que intentan conseguir, con la inestimable ayuda de la prensa, de la fauna tertuliana y de la memoria de pez que tiene una gran mayoría del personal, es que creamos que lo más importante de lo que se discutió en el Congreso era la reforma laboral. Pues no, lo más importante era si seguíamos o no en estado de alarma que es el único medio constitucional que tenemos para que el Gobierno, por encima de los deseos y veleidades de la patronal que quiere abrir y seguir con sus negocios, por encima de las apetencias territoriales y por encima de quienes a golpe de bandera y cacerola quieren «su» libertad, pueda seguir anteponiendo el criterio sanitario al económico.
Se cruzó en el debate lo del acuerdo con Bildu para derogar la reforma laboral. A partir de ahí se ha desencadenado por tierra, mar y aire, otra ofensiva contra este gobierno que quieren derrocar.
Así nos ponen el cebo de entrar al detalle, al árbol.
¡¡Han roto el diálogo social¡¡, rebuznan quienes nada dijeron cuando, en 2012, el PP impuso, sin importarle tres mierdas (perdón por lo escatológico, pero ya harta el cinismo) el diálogo social, la reforma laboral, que sólo ha traído más precariedad para los/as trabajadores/as. Un inciso hace poco más de un año, Dª Fátima, la exministra del PP responsable del reformazo, abandonó la política para fichar por la CEOE. Esa es la patronal que ahora está indignada por el acuerdo que pretende derogar la reforma laboral. Puertas giratorias se llaman estas cosas.
¡¡Es frágil el Gobierno y tiene que pactar¡¡, pues claro, o es que ya se la olvidado a la gente que la suma PSOE-Unidas Podemos no tiene mayoría absoluta y por eso debe negociar y pactar cada una de sus medidas, entre otras la derogación de la reforma laboral.
¡¡Han pactado con Bildu¡¡, claman y vociferan quienes no tienen ningún empacho, ni vergüenza, en asegurar su gobierno y sillón pactando con la ultraderecha de VOX como hemos visto en Andalucía, Madrid, Zaragoza y otros lugares del solar patrio.
Estos son los árboles, ahora intentemos ver el bosque. Estos son los detalles, veamos el conjunto.
De lo que estamos hablando es de como se sale de esto, de como se llega a esa «nueva normalidad». Y es evidente. Hay toda una operación montada para que esa vuelta a la normalidad deje las cosas como estaban antes de llegar el COVID. Con una fiscalidad que no es justa porque no paga más quien más tiene, con unos servicios públicos privatizados que favorecen el negocio de los fondos buitres en los que tienen sus acciones, con una élite económica que impone sus condiciones y reglas de juego y con una legislación laboral que convierte a una gran mayoría de trabajadores y trabajadoras en una suerte de esclavos/as a golpe de precariedad y salarios de miseria.
Así que, sí, ciertamente, el Gobierno cometió un error de comunicación, de gestión del acuerdo y de inoportunidad manifiesta, cierto. Pero eso no deja de ser otro árbol que nos ponen delante.
Para quienes tienen memoria de pez les dejo aquí algunas de las portadas de la prensa el día que el PP nos metió doblada la reforma laboral. Ahora piensen y decidan si hay que cabrearse por un acuerdo para derogarla o apoyar para que pueda hacerse.